Sobre la inteligencia


Voy a escribir sobre la inteligencia porque estoy convencido de que uno de los grandes problemas de la educación consiste en que se parte de un idea profundamente incorrecta sobre lo que es la inteligencia y ninguna de las contribuciones (relativamente) modernas al tema que hemos incorporado en los colegios, como las inteligencias múltiples de Gardner, o la inteligencia emocional de Goleman, han mejorado sustancialmente la situación.

La idea errónea consiste en creer que la inteligencia es algo de lo que cada individuo tiene una cierta cantidad, que se puede medir y que se puede acrecentar mediante ciertos procedimientos. Como digo, esta idea es errónea y no mejora por el hecho de que consideremos la inteligencia como un todo, que crwamos o no que la podemos medir con una prueba de CI, que la dividamos en múltiples inteligencias o que reconozcamos o no en ella un componente emocional.

Me gustaría comenzar esta exploración por la inteligencia de las plantas porque siempre me ha admirado lo inteligentes que parecen cuando se las ve a cámara rápida, y para ello, me parece muy adecuado este capítulo de Redes:

Creo que puede aceptarse que las plantas tienen un cierto grado de inteligencia, al menos en el sentido de Piaget:

La necesidad produce un desequilibrio, por lo tanto toda actividad tiene como finalidad principal recuperar el equilibrio. De este modo la inteligencia puede definirse como un proceso de equilibrado para lograr la adaptación y la organización mental de las experiencias.

Si nos fijamos ahora en la inteligencia de los animales, creo que podremos estar de acuerdo en que algunas de sus conductas presentan cierto tipo de inteligencia.

Por poner un ejemplo, las nutrias, y otros animales que viven en las riveras de los ríos, suelen abrir la entrada de sus madrigueras hacia el río, porque de ese modo mejoran la humedad interior y evitan la entrada de depredadores terrestres. Además, perforan un orificio más pequeño hacia arriba para favorecer la ventilación.

Sin duda, se trata de un comportamiento inteligente. Pero, dado que todas las nutrias hacen lo mismo, ¿a quién asignamos esa inteligencia? ¿Al individuo? ¿A la especie? ¿Dejamos de considerarlo inteligencia porque no sabemos a quién asignársela?

Podemos contestar que se trata de un comportamiento intuitivo no inteligente, que nosotros personificamos al observarlo, lo que nos hace interpretar erróneamente que se trata de inteligencia. Si aceptamos esta afirmación me temo que tendremos que concluir que los seres humanos no son mucho más inteligentes que las nutrias, porque el porcentaje de actos que realizamos de forma inconsciente (instintiva) es enorme, mucho mayor del que nos reconocemos habitualmente a nosotros mismos:

Obviamente, no podemos atribuir esa inteligencia a la especie (de nutrias), porque la especie es solo una abstracción que nosotros construimos, no un ente concreto que pueda poseer inteligencia.

Quizás se pueda aceptar esta respuesta: que esa inteligencia de los animales no pertenece a ningún individuo concreto, sino que es una característica de la propia existencia. De hecho, tenemos un nombre que utilizamos para designar al hecho innegable de que, al menos, una parte de la existencia que nos rodea, manifiesta un comportamiento inteligente. Lo llamamos vida.

Llegado este punto voy a establecer una definición de inteligencia que me parece un buen punto de partida para buscar conclusiones que podamos aplicar en educación:

Para mí la inteligencia, junto con el amor y la energía (que dejo para otra entrada), es la sustancia de la que está hecho el mundo de tal modo que yo, y todas las ideas de mi mente, son formas concretas que adopta la inteligencia en un momento dado.

Vamos a explorar esta definición:

  • La inteligencia, que yo vivo como la capacidad para encontrar el sentido de lo que me rodea, es infinita.
  • La inteligencia no es un producto de la mente. En estados de meditación profunda es una experiencia directa el hecho de que, cuando la mente se aquieta, la inteligencia se acrecienta enormemente.
  • La mente participa de la inteligencia (se nutre de ella podríamos decir) y crea con ella formas, que denominamos ideas.
  • La capacidad de la mente para construir ideas, analizarlas, re-elaborarlas y relacionarlas sí es finita.
  • La inteligencia es, en última instancia, el proceso de contemplación que realiza la existencia de sí misma. Este es exactamente el sentimiento que me invade cuando contemplo la inteligencia de plantas y animales, que yo participo completamente de esa misma inteligencia y que el hecho de que esté dándome cuenta de ello es parte de mi propio sentido como individuo concreto.
  • Algunas ideas de la mente son fugaces, otras son realimentadas una y otra vez y permanecen mucho tiempo activas. Estas ideas, que están permanentemente activas, o que se disparan automáticamente como respuesta a los estímulos externos, constituyen lo que denominamos personalidad.
  • Existen dos forma de percibir el mundo, una es la contemplación directa, que se realiza a través de la inteligencia, otro es la representación del mundo que se realiza a través de le mente.
  • La mente es un instrumento cuyo fin último es resolver problemas concretos relacionados con la supervivencia.
  • Cuando se percibe la vida desde la mente, es inevitable verla como una sucesión de situaciones que necesitan ser resueltas, de problemas.
  • Mantener la personalidad activa constituye la principal preocupación de la mente, el mayor derroche de energía, y el mayor obstáculo para recuperar la conexión que hemos perdido con la inteligencia.
  • La mayoría de nuestras limitaciones prácticas en el mundo concreto son imposiciones de nuestra propia mente.
  • La mente es incapaz de ver la globalidad de lo que estudia, sus soluciones siempre son parciales y tienden a crear desequilibrio (los problema ecológicos que provoca el progreso, los efectos secundarios que producen los medicamentos, etc).

Es importante asumir que por mucho que la mente lo intente nunca va a encontrar soluciones definitivas a los problemas del mundo. El gran mal de nuestro tiempo, consiste que en que hemos confiado personal y globalmente la solución de nuestros problemas al razonaniento humano. Creemos que la ciencia, que es el nombre que damos al producto colectivo de la razón humana, podrá resolver a tiempo todos los problemas que ella misma ha creado, sin darnos cuenta de que, al intentarlo, siempre creará nuevos problemas que no había podido preveer.

Es una carrera que no tiene fin y todos nosotros, de un modo u otro, sabemos que participamos de esa aceleración sin sentido. Sentimos esa aceleración dentro de nosotros.

¿No hay entonces esperanza?

Por supuesto que sí. Como he dicho antes, la inteligencia es infinita… podemos confiar en ella plenamente, pero tenemos que aprender a soltar nuestra pretensión de “ser nosotros los que resolvamos las cosas”.

Entonces, ¿qué de todo esto es aplicable en la educación?

Es muy importante que padres y profesores aprendamos a contemplar la inteligencia de nuestros niños sin tratar de intervenir en ella, sin caer en la tentación de pensar que podemos mejorarla. No se trata de decir “qué listo es mi niño, mira lo que ha hecho hoy”. No, es lo que hariamos al contemplar asombrados a las nutrias excavar sus madrigueras. ¿Quién de nosotros se cree capaz de mejorar el diseño de la madriguera sin introducir problemas que no había? Pues con los niños es lo mismo.

Es infinitamente más valiosa su inteligencia que todos nuestros razonamientos. Debemos tener mucho cuidado para no anular el valor y la confianza de los niños en la inteligencia y, muy al contrario, transmitirles nuestra admiración por la maravillosa capacidad de la que participamos, que nos posibilita entender y disfrutar el mundo que nos rodea sin necesidad de cambiarlo.

Esto no es algo que vayamos a poder encargar o subcontratar. Tenemos que aprender a meditar, a recuperar la conexión interior con la inteligencia. A confiar más en la intuición que en los métodos y en la palabrería educativa, ya tenga la forma de comercial de la editorial de turno o de consejos para educar de una revista para padres.

Hagamos saber a nuestros niños que la inteligencia es algo consustancial a ellos mismos, no algo que se adquiere o que se puede comparar entre una persona y otra.

Debemos enseñar a los niños a utilizar la mente, pero sin absolutizarla. Podemos y debemos entrenar el pensamiento racional y todas sus capacidades, pero mostrando al mismo tiempo sus limitaciones y enseñando a los niños a utilizar la inteligencia para encontrar el sentido de la vida.

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Publicado en Filosofía

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