Sobre la creatividad


La creatividad es, a mi parecer, otro de los conceptos muy mal entendidos y muy mal aplicados en la educación de hoy en día.

La mayoría de la gente piensa que la creatividad es una cosa que se puede tener o no tener, o tener en mayor o menor medida. De tal modo que, una persona muy creativa, piensan, es aquella que tiene (posee) mucha creatividad.

Sin embargo, lo cierto es que cuando detectamos creatividad en alguien no estamos observando el resultado de algo que ese alguien tiene, sino de algo que NO tiene, y eso cambia completamente el modo de detectar, valorar y trabajar la creatividad.

La creatividad, el acto creativo, surge cada vez que uno crea la respuesta que completa la situación en lugar de utilizar las respuestas aprendidas.

Como la mayor parte de las personas se pasan la mayor parte del tiempo utilizando las respuestas aprendidas —bien sea porque tienen miedo de dar una respuesta que no sea socialmente aceptable, bien por miedo al ridículo que supone no acertar en público, bien porque la costumbre les arrastra— cuando alguien se sale de la forma de pensar habitual, automática, y utiliza la inteligencia (que no la mente) para ver qué es lo que está pasando allí, para entenderlo en profundidad, y crea a continuación la respuesta que la inteligencia le dice que es la que corresponde, entonces nos sorprendemos y decimos “¡qué tío!”, “¡que original!”, “¡qué creativo!”. No vemos que lo que lo distingue de nosotros no es lo que tiene, porque lo que él tiene ya lo tenemos todos, es lo que no tiene (al menos en ese momento): no tiene la limitación adquirida por la educación recibida que nos ha enseñado, no a buscar la respuesta que la situación requiere, sino la que creemos que el entorno espera.

Lo curioso del asunto es que la capacidad para observar, entender y crear la respuesta perfecta, es una capacidad que es innata a todos nosotros (y a todos los seres vivos), que todos compartimos, pero que rara vez vemos en acción en los seres humanos por la gran cantidad de “pre-juicios” que cargamos a nuestras espaldas.

Para mí, un ejemplo perfecto de creatividad es la respuesta de Jesús a la multitud que pretendía lapidar a la mujer adúltera (Juan 8:1-11). La interpretación de este pasaje suele destacar lo que Jesús era y lo que tenía (compasión, sabiduría, etc.), pero para mí lo importante de este pasaje es su falta de prejuicios (lo que NO tenía), que es lo que le permite ver la situación tal cual es (de forma independiente de la cultura de su época, de cualquier época) y dar la respuesta inteligente que resuelve la situación de forma perfecta, para sorpresa (y fastidio) de los presentes. Obviamente, su respuesta no era socialmente adecuada, porque lo “adecuado” habría sido lapidarla (que era lo que decía la ley).

Lo más triste es que, a pesar de que todos valoramos la creatividad y queremos que nuestros hijos “la tengan”, la educación que solemos proporcionar padres y profesores destruye expresamente la creatividad. No es que no la trabajemos o la trabajemos poco, es que la anulamos directamente.

¿Por qué? Porque nuestra educación busca por encima de todo el comportamiento adecuado y la respuesta correcta. De hecho, cuando evaluamos a un alumno en el colegio, le ponemos una calificación u otra en función de lo mucho o poco que se parece su comportamiento a un patrón preestablecido, o de lo correctas o incorrectas que son sus respuestas en comparación con las que deberían ser. De modo que el paso por el colegio se convierte en un entrenamiento específico para dar las respuestas que se esperan y no las que la situación neccesita. Y para colmo, nos sentimos orgullosos de los resultados obtenidos cuando los niños dan las respuestas que les hemos enseñado a dar.

Los padres, por su parte, suelen premiar los comportamientos que son socialmente aceptables y corregir (o tal vez castigar) aquellos que pueden resultar vergonzantes para ellos, porque les preocupa lo que los demás pensarán de ellos si observan determinados comportamientos en sus hijos.

De ese modo, tras años de aprendizaje, el niño no ha aprendido a observar la situación, entenderla y crear una respuesta completa; lo que ha aprendido es que se le recompensa si da la respuesta adecuada y se le penaliza en caso contrario. Incluso, llegado el caso, le parecerá válido engañar, pues lo que en definitiva parece importar a todo el mundo es el resultado final, no el proceso para llegar hasta él. Y esto es algo que observamos constantemente en el mundo de los adultos.

La otra cara de este triste asunto es que, las personas que no consiguen liberarse de esta carga que son la mayoría, nunca experimentan una verdadera realización a través de sus acciones, porque nunca quedan completas. Y así, saltan de entorno en entorno, de trabajo en trabajo, de relación en relación, buscando superar una frustración que les acompaña a donde van porque surge de ellos mismos, porque sus acciones no parecen nunca ser capaces de encajar del todo con la vida. 

¿Qué podemos hacer padres y profesores para trabajar la creatividad de nuestros niños?

La respuesta más obvia es: nada. No hay que hacer nada para trabajar la creatividad y, de hecho, todo lo que hagamos solo puede destruirla. Los niños son creatividad en estado puro, no es posible mejorar eso. Tenemos que optar por ser mucho menos intervencionistas. Tenemos que dejar de pretender que hagan tantas cosas y de un modo tan concreto y disfrutar de lo que ellos hacen por sí mismos.

Tampoco es necesario que la educación se convierta en algo completamente indefinido en la que el niño elija constantemente sus estímulos, porque la vida tampoco es así. Es la vida la que la mayoría de las veces nos presenta situaciones a las que debemos responder creativamente.

Como lo cierto es que los niños tendrán que adquirir ciertos conocimientos y tendrán que saber desenvolverse en la sociedad, tenemos que conciliar la educación actual con esta forma de ver la creatividad. Para ello:

  • Debemos mostrar a los niños qué comportamientos van a ser socialmente aceptados y cuáles no, sin calificarles o censurarles aunque opten por los inadecuados. Si tenemos que corregirlos porque están molestando a otras personas lo debemos hacer, pero debemos explicárselo así, no acompañar la corrección de una calificación.
  • Debemos asegurarnos de que aprenden a elegir conscientemente sus respuestas y a aceptar las consecuencias de sus elecciones, pero nunca a tener miedo de elegir lo socialmente no adecuado si se da el caso de que es lo que la situación exige.
  • Debemos estar atentos para detectar cuando el niño está intentando agradarnos, seducirnos dando la respuesta que cree que esperamos. En esos casos es vital que no le demos la recompensa que espera.
  • Enseñarle a disfrutar del gozo que supone trabajar por el mero hecho de trabajar, poniendo todo el ser en el acto, sin esperar nada del resultado final. Lo contrario es trabajar pensando en lo que los demás van a decir de mi trabajo cuando termine.
  • Debemos explicarles que cuando les hacemos pasar una prueba de algún tipo estamos valorando solo su capacidad para dar las respuestas predefinidas a problemas preestablecidos, porque el sistema educativo así lo exige, pero que la vida dista mucho de ser un problema para el que existan respuestas prefijadas.
  • Debemos enseñarles que es imprescindible que la persona cree sus propias respuestas para que las situaciones que la vida le plantea queden completas y se pueda sentir realizada con las mismas.

Recapitulando, actualmente existen en educación dos corrientes de pensamiento opuestas con respecto al papel que el educador debe desempeñar en el proceso de aprendizaje:

  • La tradicional, en la que el educador es el protagonista de la educación, infunde los conocimientos en las mentes de los niños y corrige sus equivocaciones.
  • La tendencia actual, en la que el protagonismo recae en el alumno y el educador es un acompañante del proceso que va alentando, guiando y corrigiendo los pasos del niño conforme avanza.

Yo propongo una tercera vía, que considero más equilibrada y respetuosa con el niño, y que se se inspira en la relación discípulo-maestro de las tradiciones espirituales orientales:

  • El papel del educador debe consistir en proponer al niño situaciones conflictivas escogidas por su capacidad para generar aprendizaje. Situaciones en las que no exista una única respuesta correcta.
  • Debe observar al niño crear sus respuestas y luego debe dialogar con él sobre las mismas y sobre cómo se ha sentido al crearlas.
  • Debe ayudarle a determinar el sitio desde el que han surgido esas respuestas y a identificarse con ese foco de creatividad e inteligencia.
  • Debe explicar al niño cómo verá probablemente la sociedad su respuesta, sin intentar modificar por ello la decisión del niño.
  • Debe evitar a toda costa que el niño ofrezca respuestas prefabricadas o dirigidas a satisfacer al educador.
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Publicado en Filosofía

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