Sobre los límites


Una cosa que he ido descubriendo sobre mí mismo a lo largo de los años, pero que se ha acelerado enormemente en los dos o tres últimos, es que mis capacidades no tienen límite.

No quiero decir con esto que haga siempre lo que me da la gana. Como todo adulto responsable, autolimito mi comportamiento cuando comprendo que es mejor que lo haga, para mí o para los demás. Pero si tengo la necesidad de autolimitarme en ciertos momentos, es precisamente porque no existe una limitación previa.

Cuando digo que mis capacidades no tienen límite, me refiero a que cuando exploro alguna faceta concreta de lo que es ser yo, que es en el fondo a lo que principalmente dedico mi tiempo, aunque de formas variadas, no encuentro ninguna limitación que sea inherente al hecho de ser yo mismo. Obviamente mi cuerpo tiene sus límites, no puede volar por sí mismo, por poner un ejemplo; pero yo sé que soy más que mi cuerpo. Ni mi capacidad de amar, ni mi capacidad de entender, ni mi creatividad, ni mi energía profunda (mi cuerpo sí se cansa) parecen tener un límite, y así podría seguir. Además, no solo nunca se me acaban estas capacidades, sino que cuanto más las expreso en mi vida, mayor se va volviendo mi capacidad para expresarlas.

Entiendo que esto que estoy diciendo puede sonar presuntuoso, pero entended que este descubrimiento que hago en mí, lo hago extensivo a todos los demás seres, humanos incluidos. Pienso que las demás personas tampoco tienen limitaciones, aunque sé que algunos sí puedan creer tenerlas, y de ahí que vivan como si las tuvieran.

Me gustaría indicar que esto no es algo que haya aparecido en mi vida de forma casual, es algo que he estado trabajando desde hace muchos años. Ya conocía en teoría pero que solo recientemente lo experimento de forma natural e integrada en mi vida diaria, y la diferencia consiste en mi decisión consciente de tratar de expresar lo máximo que yo soy en cada momento.

Soy además plenamente consciente de que la razón por la que mis capacidades no tienen límite es que yo no soy el origen de las mismas, sino tan solo un vehículo y un espectador privilegiado (y a menudo maravillado) de cómo esas capacidades se expresan en el mundo, a través de mí y a través de todo lo que existe. Hasta tal punto he dejado de sentirme protagonista de mis acciones (aunque me sigo sintiendo responsable) que las abordo en un estado de relajación en el que las siento surgir de más allá de mí… o mejor dicho de algo que también soy yo, pero con lo que antes no me identificaba. Antes eso solo me pasaba programando (desde que empecé de pequeño suelo sumergirme en un estado de fluidez en el que no siento ser yo el que está programando), pero ahora este estado va haciéndose presente en todas mis acciones. Antes, como casi todo el mundo, sentía la necesidad de reafirmarme a través de mis acciones, y las defendía de las críticas como si me estuviera defendiendo a mí mismo.

¿Cómo afecta a mi faceta de educador (padre y profesor) esta forma de entenderme?

En primer lugar, me hace creer en la ilimitada capacidad de mis hijos y de mis alumnos y creo que ellos lo notan. Ya no veo (antes sí lo hacía) alumnos con distintas capacidades, sino alumnos con distinto nivel de acceso a sus propias capacidades. Creo que si les ayudo a descubrir su propia ilimitada capacidad, llegarán a poder expresar lo que verdaderamente son en todo su esplendor, y desde ese enfoque planteo mi trabajo. Se podrá pensar que esto llevará a mis alumnos a decepcionarse cuando choquen con sus límites, si no se comparte mi visión de que esos límites no existen. Yo creo que a ellos (a todos) les esté reservado su propio trabajo de autodescubrimiento y que ese trabajo les permitirá integrar ese aprendizaje. No obstante, el camino de autodescubrimiento está lleno de dificultades y de profundos sinsabores y, la paz solo llega cuando uno lleva recorrido un buen trecho.

Por otro lado, siento que todos (profesores y alumnos, padres e hijos) estamos en lo mismo: en un camino de desarrollo personal, en el que quizás algunos hayamos avanzado menos y otros más, pero que en ningún caso esa posición en el camino es parte de lo que somos, en todo caso será indicador de dónde estamos y, por tanto, que todos somos esencialmente (hechos de la misma esencia) iguales.

Por último, y esto me resulta más difícil de expresar (y quizás cueste también más entender), sé que lo que soy en el fondo, aquello hacia lo que parece que avanzo, es algo que en realidad ya lo soy del todo (de hecho eso es lo que es, lo que tiene la capacidad de ser, y lo que ahora llamo yo es solo una de las cosas que eso es). Sé que el avance es solo una forma que tiene mi mente de interpretar, como un proceso gradual, algo que soy en todo momento. Además, presiento esa plenitud que me espera, que siempre soy, que siempre he sido, e intuyo el infinito amor que me espera al final de ese camino, la sensación de haber vuelto a la casa del Padre.

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Publicado en Filosofía

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